El Relato, pensamiento único y la resistencia.

En mil novecientos treinta y dos se publicaba una cruel sátira distopica que, con un gran ejercicio de imaginación, describía un futuro inhumano en el que el estado fabricaría en laboratorios seres genéticamente predestinados a pertenecer a diferentes castas con funciones específicas en el sistema. Una sociedad sin guerras, ni enfermedades, donde sus súbditos mueren a tardía edad sin envejecer. Seres humanos entregados al consumismo, el hedonismo, el sexo y la droga.

Estoy hablando de “Un mundo Feliz” de Aldoush Uxley.

A cambio de esa aparente vida idílica, la humanidad habría perdido su esencia, el nombre que la describe, y pasaría a ser un conjunto de individuos egocéntricos, sin valores ni sentimientos, programados para seguir las doctrinas del estado y satisfacer sus instintos más primitivos, sobre todo el sexo, que desde niños se les animaría a practicar en las escuelas.

La familia habría desaparecido y la maternidad resultaría un hecho obsceno perseguido, por supuesto, por el estado. Las clínicas abortivas estarían en cada calle y serían un negocio más, como bares y restaurantes. El amor sería tildado de posesión y puesto que el ser humano no puede poseer a otros seres humanos, estaría visto como un sentimiento innoble, deleznable. El amor es el origen de los celos y de todos los sentimientos contaminados que habrían acabado con la sociedad de los antiguos.

¿les suena esto de algo? Sí, seguro que los que hayan leído este libro lo relacionaran fácilmente, pero estoy seguro que los que no, pensaran que simplemente describo una caricatura exagerada de la sociedad actual.

¿Exagerada?

Hay muros construidos para evitar la entrada y otros para evitar la salida. Tras la caída del muro de Berlín, la acomodada sociedad capitalista, supuso que el comunismo daba sus últimas bocanadas y que en breve moriría, siendo este remplazado por doctrinas más moderadas como eran la socialdemocracia y el liberalismo, antagónicas entre sí, pero con tintes progresistas y alejadas de doctrinas más conservadoras. Nunca más lejos de la realidad. A día de hoy el socialcomunismo está más vivo y virulento que nunca, y es que lo que no consiguió imponer con la batalla de las armas, lo está consiguiendo con la batalla cultural. Cayó el muro y el infeccioso virus que este contenía, se liberó por todo el planeta. Se adueñó de todas las causas minoritarias y cambió su lucha de clases por otras de igual o mayor efectividad: Feminismo, ecologismo, animalismo, la lucha por los derechos humanos de colectivos y minorías étnicas y un largo etcétera de micro causas. Contaminó la legitima esencia de cada una de ellas con su sectarismo, convirtiéndolas en arietes que golpean la estabilidad social y la convivencia. Ha generado conflictos, tensiones y enfrentamientos innecesarios e inventando enemigos invisibles, inexistentes para polarizar así la sociedad entre buenos y malos. Estás conmigo o estás contra mí. Si no eres feminista eres machista, si no eres antifascista eres fascista, si estás en contra de la inmigración ilegal, eres racista… Nobles causas convertidas en armas para destruir los pilares de la sociedad más evolucionada y competente, la occidental.

Están en peligro la libertad individual del ser humano, la propiedad privada, la competencia y libre mercado, la ética de trabajo, la meritocracia, la ciencia, y por supuesto, nuestra cultura: La tradición judeocristiana y su humanismo que defiende la célula más poderosa de cualquier sociedad avanzada, la familia.

Si se destruye la familia, el núcleo esencial de nuestra sociedad, esta se desmorona como un castillo de naipes, pues es la familia la que, de forma natural, protege y ampara al individuo. Si se destruye la cultura, destruimos la oportunidad de aprender y cultivar el pensamiento e impedimos que este sea libre. Si, además, se desvincula al ser humano de sus raíces religiosas y creencias, se anula la autocrítica, la conciencia y damos rienda suelta a los instintos más cervales convirtiendo así al individuo en un ser fácil de satisfacer. Si destruimos la competencia y la propiedad, desincentivamos la capacidad de prosperar. Una sociedad sin familias, ni cultura, ni propiedad, es una sociedad de individuos desamparados que buscan refugio en el sistema, en papá estado que, a cambio, les pide total obediencia y servilismo. Tenemos, pues, una sociedad compuesta por seres dependientes del estado que acata sus órdenes e imposiciones a cambio de que sus deseos más básicos sean ligeramente satisfechos. Una sociedad infantilizada que renuncia a la madurez y a asumir más responsabilidades que las que le impone el sistema. Tenemos, al fin y al cabo, la sociedad que Aldoush Uxley retrató en “Un mundo Feliz”.

Las redes sociales han sido cruciales, en los últimos años, para la masiva propagación de esta perniciosa pandemia, una ideología que lleva camino de convertirse en el pensamiento único si no se pone remedio. A través de lo que yo llamo “El relato”, una especie de “biblia” progre de lo políticamente correcto, se han cambiado los valores de nuestra civilización relativizándolo todo e imbuyendo a gran parte de la población a que asuma como suyas las “nobles” causas que defiende esta especie de “nuevo testamento”. Si no lo hacen, inmediatamente son tildados de enemigos de la sociedad, del progreso y la convivencia llamándolos, machistas, xenofóbicos, homofóbicos…, en definitiva, fachas. Millones de usuarios de las redes sociales se identifican con esta nueva religión sintiéndose amparados por la masa, aunque esto les lleve a abandonar la lógica y el sentido común. “El relato” pesa más que los datos, y las emociones y opiniones valen más que los datos científicos empíricamente demostrables, las estadísticas reales y hasta las propias leyes de la naturaleza. De esa forma, si un varón de cincuenta años dice ser una niña de cinco, nadie de esta nueva ola le corregirá, algunos por estar convencidos de que así debe ser, y la gran mayoría por miedo a ser señalados y tachados de retrógrados o fascistas.

Pero, ¿está todo perdido para los que nos negamos a comulgar con este posmodernismo?

La respuesta es NO. Y la solución se encuentra en el mismo medio de transmisión que durante los últimos años ha servido para la difusión de la plaga. Las redes sociales dan cobijo ahora a una cada vez más creciente comunidad de defensores de la libertad de expresión, del sentido común y de los principios y valores que han construido nuestra civilización. Gente sin complejos que, aunque tenga que esquivar las trampas de la nueva censura, está dispuesta a dar la batalla cultural para intentar frenar el declive, en todos los aspectos, al que nos aboca este “Relato”

La resistencia engloba a un surtido número de individuos que, sin el apoyo de las instituciones y medios de comunicación, rompen las normas de lo establecido y atacan y refutan con datos y pensamiento crítico el “relato”. Desde los más conservadores hasta los más radicales anarco capitalistas, desmontan en sus videos de youtube, o en sus comentarios en otras redes, los demagógicos argumentos con los que se ha construido esta “nueva normalidad” (eufemismo para designar al nuevo orden mundial que quieren imponernos) y que no dejan de ser las mismas consignas marxistas de toda la vida, camufladas ahora entre las causas anteriormente mencionadas, el “Power flower” y la “new age”.

En este espacio se va a tratar de identificar las diferentes corrientes del “relato” y la respuesta que están teniendo por estos especialistas en desenmascarar patrañas. Haremos un viaje por las redes y conoceremos a gran parte de estos creadores de contenido que desafían las normas del nuevo orden mundial con valentía, desparpajo y, en ocasiones, mucho humor. Para empezar, y como introducción, me gustaría dejarles con un video de infovloger, Isaac Parejo, que narra a la perfección, y con mucha ironía, lo que significa esta lucha.

No hay que permitir que arrebaten nuestra libertad y para eso tenemos que saber que sólo la verdad nos hará libres. Únete a la resistencia, da la batalla cultural y busca siempre la verdad.

 Hasta la próxima.

Artículo escrito por

Benjamín Calero Figueroa

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